Ruinas Incompletas: Los discos de mi vida | 01 | Victim Of Love.

Mis padres nunca fueron grandes melómanos. No, al menos, de la forma en que yo entiendo la melomanía. A mi madre le gustaba la música, pero le llegaba con escucharla en la radio. Y mi padre, bueno… Mi padre siempre estaba demasiado ocupado con su trabajo como para preocuparse por algo tan trivial.

A pesar de eso, y supongo que por culpa de la moda de décadas pasadas, teníamos un montón de vinilos en casa, pero nuestro tocadiscos no funcionaba desde 1981. Por esa razón, toda la música que pude conocer siendo niño la descubrí en casa de mis tíos, en un pueblecito a pocos kilómetros de Oporto, donde íbamos una o dos veces por mes. Cuando era pequeño, nada me hacía más feliz que tirarme en la alfombra verde de su salón y ponerme a escuchar allí, con unos auriculares Sony casi tan grandes como mi cabeza, aquellos discos raros que tenían. Podía estar así, escuchando música, hasta que caía la noche y me llamaban para cenar.

Hay muchas cosas que recuerdo igual o mejor que si hubiesen sucedido ayer. No necesito ni cerrar los ojos para ver a mi tío Carlos a pocos metros de mí, sentado en el sofá –viendo carreras de coches o de motos o de lo que fuera, comiendo chocolate, sesteando o cambiando de canal compulsivamente– mientras yo rebuscaba entre sus cientos de discos y cds. Los sacaba de su mueble para poder verlos mejor. Abría y cerraba sus cajas y examinaba detenidamente libretos y canciones antes de apartar un montoncito con los discos que mejor pintaban. Allí descubriría, entre otros, a Queen, a Bowie o a Leonard Cohen, pilares básicos de mi educación musical.

Pero el primer disco del que me enamoré fue un engendro extraño. Yo no tendría ni ocho años cuando llegué a dar con esta pequeña joya incomprendida y denostada que es Victim Of Love, de Elton John.

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